Estaba resuelto a seguir fielmente con las actividades y las tareas del curso. Me pareció una buena idea la propuesta de elaborar un proyecto de investigación. Estaba dispuesto a bregar con los formularios para entrevistar a mis compañeras. No sé cómo fue, ni cómo ocurrió, pero la feria #rEDUvolutionaria se despertó en cuanto vi la presentación de la unidad. Intenté proseguir, pero era incapaz  de apaciguar la bestia. Después de meditarlo un poco, he decidido pesonalizar el proyecto de investigación.

Primero, intentaré explicar mi punto de vista sobre la evaluación. Segundo, el proyecto que impulsamos el equipo para reorientar la evaluación y, finalmente, algunas de mis experiencias.  Lo escribo como ejercicio de evaluación inicial. Quiero plasmar mis dudas y las reflexiones que me provocaron el vídeo de presentación, antes de continuar visualizando los videos siguientes y analizar las técnicas o los recursos evaluativos de mi prototitpo. Advierto que voy a escribir  esta entrada bajo los efectos de una infusión de manzanilla y melisa frescas.

Confieso que , como Manuel Jesús Fernández Naranjo, soy alérgico a la evaluación. Concretamente cuando adopta el carácter sumativo. Y si es certificativo, aún peor. Nuestros alumnos se apuntan a un curso para obtener un título que certifique un determinado nivel lingüístico.  La mayoría lo necesita porque el mercado laboral se lo exige. Cada nivel está repartido en tres cursos. Cada centro puede decidir los criterios evaluativos y cómo aplicará la evaluación en los dos primeros cursos. En el tercero,en cambio,  está obligado a administrar una prueba, elaborada por un equipo externo. Esta prueba supone el 80% de la puntuación total, ya que el seguimiento del alumno supone el 20% restante. Así pues, en los primeros cursos puedes aplicar una metodología que oriente el alumno en su aprendizaje. Pero al llegar al último curso, desgraciadamente, todo se tuerce. Hay una presión y una angustia tanto por un lado como por el otro. Es una locura.

Estoy cansado de tener que oir por parte de alumnos: “Muy bonito el aprendizaje cooperativo, pero no lo asumiremos hasta que no nos evalueis de otra manera.” Y tienen razón.  Es darles gato por liebre. He presenciado casos de bloqueos  mentales a causa de la angustia del examen. Personas que te avisan que han tenido que acudir al médico para la receta de ansiolíticos, que sufren cistitis o bien que desde hace un mes han adelgazado tres quilos. Son casos puntuales. Es cierto. Pero los hay, como las meigas.  Sin embargo, la mayoría no ha gozado del curso porque todo lo que se distancie de la prueba, les parece una pérdida de tiempo. Personas que son interinas y puede que pierdan su puesto. Algunos han optado por un concurso público para resolver su futuro laboral. Así pues,  el aprendizaje tiene que ser una experiencia vital y no una eliminatoria. Esto fue lo que me llevó a probar los exámenes colaborativos. El año pasado, a pesar de aplicar soluciones innovadoras y colaborativas (aplicando el ABP, impulsando la cultura compartida o bien convirtiéndome en coach), me propuse  ayudarlos a superar el trance del examen. Y dio buenos resultados.

Me parece que la evaluación no se puede convertir en la piedra angular del proceso de aprendizaje. Está bien la cita de Neus Sanmartí de: “Dime cómo evalúas y te diré cómo enseñas”. Pero no podemos innovar nuestra práctica docente y estar sometidos a la evaluación para justificar nuestra labor. Como señala María Acaso en su último libro, no debemos centrarnos en el resultado sino en el proceso. He aquí la clave.  Desconfío que las herramientas evaluativas sean más eficientes y justas. La prueba, basta recordar el debate que se originó sobre las puntuaciones de la primera unidad. Se prentende disfrezar de rigor científico una actividad totalment subjetiva. Recuerdo que en la primera unidad valoré completamente diferente los tres trabajos, intentando seguir estrictamente los criterios. Una experiencia utilísima porque algunos comprendimos qué sentirían los alumnos con los resultados. Continúamos aferrándonos a un sistema educativo industrializado y conductista. Las rúbricas, ¿no están al servicio de un control de calidad?  Nos dejamos vencer por el sistema —excelente el artículo de Juan Domingo Fanós. Si este es el siglo de la inteligencia colectiva,¿ cómo podemos estar anclados en el pasado con la evaluación, donde prima la competividad, la individualidad? Si argumentamos la evaluación, aunque sea formativa, para que el alumno consiga el éxito, estamos defendiendo la perfección en vez de la excelencia.  Me parece múy útiles las rúbricas porque permiten que el alumno conozca los criterios, pero no hay un abuso en el aprendizaje cooperativo. Me parece que las propuestas de los compañeros abundan en esta herramienta y encuentro a faltar otras técnicas como el diario o cuaderno de aprendizaje. Creo que se aprende reflexionando.

 De todas maneras, hace poco estaba de acuerdo con el concepto de la evalución. Ahí está esta presentación que preparamos para explicar cómo queríamos aplicar la evaluación en nuestro centro.  Aunque lo que nos satisfazo más fue este vídeo en que pretendíamos resumir la experiencia de un par de años.

https://www.youtube.com/watch?v=hPMsEvQXbQI ( los 17 min primeros)

 

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