En 1997 sufrí una crisis personal. Motivos personales, familiares y laborables me llevaron a sentirme como “vaca sin cencerro”—una expresión familiar de Pedro Almodóvar— o como confesaba un personaje de James y el melocotón gigante: “¡Yo sólo soy un miserable gusano!” Estuve casi diez años acudiendo semanalmente a una sesión de psicoanálisis, de cuarenta y cinco minutos. Lo tuve que dejar al  tener que hacer recortes en la economía familiar. Hubo contadas sesiones —por suerte para mi terapeuta fueron pocas— en que intercambiámos los papeles. El doctor  era incapaz de plantearme alguna pregunta. Estaba todo el rato explicándole mi visión sobre docencia o aprendizaje.

Coincide casi en el abandono de la terapia que descubro Twitter.  Fue en un curso de formación continua de la empresa. Me costó entender su funcionamiento, como casi a todo el mundo. Pero se convirtió en un recurso  profesional. Me ha permitido conocer contenidos, experiencias interesantes de otros compañeros y un canal de difusión de mi labor. Hay días que san Internet te ofrece bendiciones: artículos admirables. Otras, en cambio,  alguién te echa un cable ante una duda o te anima cuando delatas que te sientes decepcionado en un proyecto.

Por esa época también creé un blog para continuar la vinculación con un grupo de alumnos que finalizaban su etapa de aprendizaje. Ellos optaron por Facebook y yo me quedé, como cual Robinson Crusoe, en WordPress. Hace sólo un año que María Acaso me convenció para que abriera una cuenta en Facebook y formara parte de la comunidad #rEDUvolution. Intenté crear un  grupo con la misma finalidad en Google+. Sólo conseguí que se apuntaran dos miembros más. Un éxito. Apaga y vámonos.

He intentado divulgar el uso de las redes sociales entre mi alumnado y entre mis compañeras. Las creé para establecer un vínculo, para informarlos cuando publicaba un post  y para publicar los productos finales del proyecto. Anteriormente probé con Twitter, pero ocasionaban conflictos. Creo que tal como comentó Héctor Ríos Santana, es un canal idóneo para que los alumnos construya el aprendizaje idiomático. Las redes son unos medios comunicativos. Y ¿para qué sirven los idiomas? Quizás la clave de la reticencia de su uso lo apuntó José Leonardo Urozola: miedo de participar y pánico a cometer errores.

Para concluir, es imposible menospreciarlas. La especie humana es social. Compartir ha sido básico para su supervivencia y evolución. Por lo tanto, no se puede frenar esta tendencia. Ahora bien, si somos seres sociales, tenemos que adquirir un compromiso ético. Podemos divulgar, remezclar o copiar, pero citando la fuente. Además, como aconsejaba Tíscar Lara en el debate, hay que divertirse en el uso de las redes sociales. Vuelve aparecer uno de los requisitos del aprendizaje informal: la diversión. También definió el aprendizaje como una reciprocidad: dar y recibir. Esta tambien es la base de la cooperación. Así que hay que contribuir en este océano virtual.

Por cierto, las redes me han ayudado a consolidar mi profesionalidad y han sido un revulsivo en mi progreso profesional. Si me hubieran interesado una década antes, me habrían aliviado bastante mi crisis. Tampoco no quiero ignorar la labor terapéutica del profesional que me psicoanalizó. Pero para los que somos fóbicos sociales, las redes es nuestra mejor medicina.

 

Fuentes:

http://juandomingofarnos.wordpress.com/2014/01/26/seremos-capaces-de-inventar-la-sociedad/

http://juandomingofarnos.wordpress.com/2014/11/14/el-aprendizaje-en-red-rompe-con-las-teorias-educativas-clasicas-ed-disruptiva/

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